LOS ASESINATOS EN LA UCA 2A. PARTE.


Los asesinatos en la UCA: antecedentes

“El asesinato brutal de seis sacerdotes jesuitas, su cocinera, y la hija de ésta, en San Salvador el 16 de noviembre de 1989, no fue un hecho aislado. Para la cúpula militar, los padres jesuitas siempre habían sido objeto de sospechas. Se consideraba, en palabras del Viceministro de Defensa, coronel Orlando Zepeda, que eran “asesores del FMLN” y que su universidad era un “centro de información con tendencia izquierdistas donde se inició cierto concepto de lucha revolucionaria”.

Entre las víctimas del 16 de noviembre, el más prominente era el rector de la UCA, P. Ignacio Ellacuría, considerado como uno de los más importantes personajes del país a nivel intelectual y político. Sus enseñanzas habían tenido influencia en las vidas de muchos jóvenes salvadoreños, incluyendo a algunos que llegaron a ser dirigentes del FMLN y otros que se incorporaron a la Fuerza Armada.

En los meses previos a su muerte, el P. Ellacuría había participado activamente en los esfuerzos para iniciar y sostener negociaciones de paz entre el gobierno salvadoreño y los dirigentes del FMLN, y había viajado a Managua en varias ocasiones para hablar con el FMLN.

Según funcionarios de Estados Unidos, por lo menos algunos oficiales militares consideraron estas visitas como acciones no de un hombre interesado en promover la paz, sino de un asesor de los terroristas. Mantuvieron esta valoración a pesar del hecho de que Ellacuría se había vuelto cada vez más crítico del FMLN.

Los esfuerzos del P. Ellacuría para promover un diálogo sufrieron una serie de reveses a finales de 1989. La reuniones entre el gobierno y el FMLN en México en septiembre, y en San José en octubre, generaron algún grado de optimismo pero ningún avance real. Sin embargo, el optimismo se desvaneció rápidamente después de una ola de terrorismo del estilo “ojo por ojo” que ha azotado a El Salvador durante los últimos años.

El FMLN asesinó a la hija del coronel Oscar Casanova Véjar. Alguien, presuntamente de la derecha, detonó una bomba en la casa del dirigente político de oposición, Rubén Zamora. El FLMN atacó las casas de familiares de varios altos oficiales del ejército. Y, finalmente, la sede de la confederación sindical izquierdista FENASTRAS sufrió un atentado dinamitero, con saldo de 9 muerto. En medio de todo esto, el FMLN se retiró de las negociaciones y el 11 de noviembre lanzó la ofensiva más cruenta de toda la guerra.

El asesinato de los jesuitas ocurrió en la quinta noche de dicha ofensiva, en un momento en que el desenlace de los combates estaban lejos de conocerse. El FMLN había establecido y mantenido posiciones en los sectores norte y oriente de la periferia de San Salvador, en barrios y colonias que incluían San Sebastián, Soyapango, Zacamil, Ciudad Delgado y Mejicanos.

El 11 de noviembre, la noche en que se inició la ofensiva, una cadena nacional de radio empezó a transmitir amenazas, las cuales aparentemente provenían de radioescuchas, dirigidas personalmente en contra de individuos que ellos asociaban con la izquierda política, incluyendo al P. Ellacuría y a otro de los jesuitas asesinados, P. Segundo Montes.

Esa misma noche, un grupo de guerrilleros huyó a través del campus de la UCA después de detonar una bomba en el portón para abrirlo.

Dos días más tarde, según el coronel Ponce, la Fuerza Armada recibió información que indicaba que se estaban disparando morteros y ametralladoras desde la UCA. Actuando bajo lineamiento establecidos por el Presidente Cristiani, en los cuales se estipulaba la necesidad de una autorización específica de Alto Mando para entrar a la UCA, una unidad del batallón Atlacatl llegó a la universidad para determinar si los informes eran correctos.

Antes de penetrar a las instalaciones, el teniente Héctor Ulises Cuenca Ocampo, del Departamento Nacional de Inteligencia (DNI), se incorporó a la unidad. Los PP. Ellacuría y Montes acompañaron a la unidad durante el cateo, en el cual fueron revisadas aulas así como la residencia de los sacerdotes. No se encontró ninguna evidencia de morteros ni de ametralladoras.

La unidad de Atlacatl que realizó el cateo había llegado a la zona a las 4:00 de la tarde del día 13, siendo ésta una de varias unidades que habían sido asignadas al mando del coronel Guillermo Alfredo Benavides, director del a Escuela Militar.

La misión de estas unidades -que provenían no sólo del Atlacatl, sino también de la Policía de Hacienda, la Policía Nacional y varios destacamentos del ejército- era defender lo que el coronel Ponce calificó como “la cabeza militar del país”. El sector comprendía la sede del Estado Mayor, del Ministerio de Defensa, la Escuela de Inteligencia, y las casas de altos jefes militares, así como la Escuela Militar y la UCA. Por lo tanto, el área alrededor de la UCA y del complejo militar era una de las más fuertemente custodiadas de la ciudad.

Los jefes militares salvadoreños dijeron a la Comisión que la unidad de comandos del batallón Atlacatl, dirigido por el teniente José Ricardo Espinoza Guerra, era una de las mejores y más experimentadas unidades de la Fuerza Armada.

Tanto el teniente Espinoza como el subteniente Guevara Cerritos, el segundo del curso de preparación de cadetes salvadoreños de Fort Benning Georgia, y el teniente Espinoza también había asistido al curso de oficiales de fuerza especiales de Fort Bragg. El sargento Antonio Ramiro Avalos Vázquez también habían recibido entrenamiento en Fort Benning. Un curso de entrenamiento de fuerzas especiales de 10 días de duración, iniciado el 11 de noviembre, que incluía a toda la unidad, fue interrumpido después de dos días por la ofensiva guerrillera*.

El Alto Mando se reunió el 15 de noviembre, como lo había hecho cada noche desde el inicio de la ofensiva Esa noche, la reunión se inició a eso de las 7:30 pm. Entre los asistentes estaban el Ministro y los dos Viceministros de Defensa; el jefe del Estado Mayor, coronel Ponce; los jefes de los mandos conjuntos; los comandantes de las distintas fuerzas de seguridad; los comandantes de las unidades destacadas en el área metropolitana, incluyendo al coronel Benavides; y un oficial de prensa.

Según los oficiales, presentes en la reunión con los cuales se entrevistó la Comisión, el ambiente era tenso. Existía el temor real de que el esfuerzo guerrillero para desatar una insurrección popular pudiera tener éxito.

Desde el inicio de la ofensiva, había existido una preocupación acerca de la dificultad de desalojar a la guerrilla de las áreas donde vivía una gran cantidad de civiles. Por lo tanto, se habían hecho un esfuerzo para impulsar la evacuación de la población civil de las zonas conflictivas. Esa noche se tomó la decisión de utilizar fuego aéreo pesado contra las posiciones tomadas por el FMLN.

Los comandantes de zona recibieron la orden localizar y tomar acciones en contra de los centros de comando guerrilleros ubicados en sus respectivos sectores. El Ministro de Defensa Larios, entre otros dio una charla de motivación, instando a los presentes a responder con fuerza. Al final de la reunión, los jefes militares de tomaron de la mano es invocaron la ayuda de Dios. A eso de las 10:30 pm, se solicitó la presencia del Presidente Cristiani en el Alto Mando, donde el mandatario autorizó personalmente el uso selectivo de fuego aéreo y artillería. La reunión terminó a las 11:00 pm aproximadamente.”

La noche del crimen: el Ejército en acción

“La siguiente versión sobre el asesinato y los eventos relacionados proviene principalmente de los testimonios proporcionados por quienes participaron en los hechos, según fueron publicados en los procedimientos del Juzgado Cuarto de lo Penal de San Salvador el 19 de enero de 1990. Estos testimonios sirvieron de base a las detenciones efectuadas en relación al caso. La comisión hace notar que no se publicó ninguna declaración del coronel Benavides y que éste no ha admitido públicamente ninguna responsabilidad ni culpabilidad.

Según las declaraciones, el coronel Benavides llegó a la Escuela Militar poco después de terminar la reunión en el Alto Mando a las 11:00 pm. Allí se reunió en su oficina con el teniente Yushy Mendoza y Vallecillos (destacado en la Escuela militar), teniente Espinoza y el subteniente Guevara Cerritos, ambos miembros del batallón Atlacatl. Unos 45 minutos antes de dicha reunión, el teniente Espinoza había recibido por radio la orden de reunir a sus tropas en la Escuela Militar.

El coronel Benavides dijo a los tenientes que “…esta es una situación donde son ellos o somos nosotros vamos a comenzar por los cabecillas. Dentro del sector de nosotros tenemos la universidad y ahí está Ellacuría .

Dirigiéndose al teniente Espinoza, prosiguió:”… Vos hiciste el registro y tu gente conoce ese lugar. Usa el mismo dispositivo del día del registro y hay que eliminarlo y no quiero testigos. El teniente Mendoza va a ir con ustedes como el encargado de la operación para que no hayan problemas”.

Los tenientes abandonaron la oficina del coronel Benavides y repartieron a sus hombres en dos pick ups Ford color beige para transportarse a la UCA, donde ser reunirían con otras patrullas del Atlacatl. Antes de partir, el teniente Mendoza preguntó si alguno de los hombres sabía usar un fusil AK-47, arma a veces utilizada por el FMLN.

El soldado Oscar Mariano Amaya, Grimaldi respondió que conocía el manejo del arma; entonces el grupo se detuvo durante aproximadamente unos 10 minutos mientras Amaya limpió el fusil. El teniente Espinoza había dicho a Amaya que el objetivo de la misión que iban a cumplir era el de asesinar a “algunos terroristas que encuentran dentro de la UCA”.

Poco después de la medianoche, todos los soldados que cupieron dentro de los dos pick ups (entre 20 y 25) se dirigieron a unos edificios abandonados ubicados al lado poniente de la UCA, donde se reunieron con dos patrullas del Atlacatl que antes habían recibido la orden de tomar posiciones cerca de la UCA.

A continuación, el teniente Espinoza dijo a los jefes de patrulla que había recibido orden “desde arriba” para eliminar a los cabecillas intelectuales de la guerrilla, quienes se encontraban dentro de la UCA. Dijo que como señal de retirada se lanzaría una luz de bengala y que posteriormente se haría un simulacro de enfrentamiento. A eso de la 1:00 am, el grupo de 45 a 50 hombres se dirigió a la universidad.

Después de golpear las puertas de la residencia jesuítica, uno de los padres salió y abrió el portón para dejar entrar algunos de los soldados.

Poco después, el P. Martín-Baró acompañó a un soldado para abrir el otro portón. A poca distancia, en una casa pequeña ubicada cerca de la propiedad de los jesuitas, una mujer que hacía limpieza para ellos se encontraba dormida junto con su esposo e hija pequeña cuando la despertaron los ruidos. La mujer, Lucía Cerna, dijo que oyó cuando el P. Martín -Baró dijo a los soldados: “Esta es una injusticia. Ustedes no son más que carroña”.

Cinco de los sacerdotes fueron conducidos a un área ubicada un poco arriba de la puerta trasera de la residencia. A los cinco se les obligó a ponerse boca abajo. El teniente Espinoza preguntó al subsargento Antonio Avalos cuándo iba a proceder, lo cual fue interpretado por Avalos como dun orden de matar a los sacerdotes. Por lo tanto, Avalos se acerco a Amaya Grimaldi (el soldado con el AK-47) y le dijo: “Procedamos”.

Empezaron a disparar. Avalos asesinó al P. Juan Ramón Moreno y al P. Amado López Quintana con un fusil M-16. Amaya, utilizando el AK-47, disparó contra el P. Ellacuría, el P. Martín -Baró y el P. Montes.

Mientras tanto, el soldado Tomás Zarpate estaba “brindando seguridad” a la cocinera de los jesuitas, la Sra. Elba Julia Ramos, y su hija Celina, de 15 años de edad, quienes habían sido descubiertas por los soldados en un cuarto de huéspedes ubicado al final del edificio donde residían los jesuitas. Al oír una voz de mando diciendo “Ya”, seguida por los disparos, Zaparte disparó contra las dos mujeres.

Esta triste historia continuara…….


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